COCO

Por Ernesto Ramírez

 

Coco es México. Y si no todo lo que significa “México”, al menos la faceta que identifica esencialmente la relación de las sociedades con su cultura más antropológica: su propia cosmovisión de la muerte, por otra parte, única en el mundo, por su inversión de lo trágico y penoso hacia lo festivo, lo ritual, lo colorido, y por supuesto, hacia lo espiritual y la continuación de la eternidad concebida como virtud y no como tormento suplicial tal y como ha sido construido históricamente por la religión católica.

Y dentro del contexto de la festividad más importante de este país, se incluye un elemento cultural que es igualmente universal: la importancia de la familia. Utilizando un tono de indudable crítica hacia una equivocada instrumentalización de la continuidad de los valores y prácticas tradicionales de un oficio heredado como algo permanente, inevitable e inmutable (Miguel, el niño, quiere ser músico y no zapatero, la música se demoniza por cuestiones estrictamente morales de un supuesto error cometido por uno de los miembros) que puede ser algo complejo para la mentalidad de los niños, sin embargo  su mensaje transgresor en este sentido es diáfano: la libertad de elegir nuestros caminos y nuestros momentos sin que estos sean puramente objetivos egoístas, encarnados estos en el personaje del villano que creíamos redentor del muchacho.

FAMILIA

Es un film extraordinario. Profundo, tierno, divertido, dinámico y técnicamente prodigioso, algo que en el raquítico cine actual resulta muy difícil de ver artísticamente conjugado de manera armónica. En el mundo del celuloide de hoy o se pasan de discurso sin acción o se pasan de acción sin discurso.

Lo que más me ha emocionado es la bellísima clave sentimental que garantiza la permanencia en el mundo de los fallecidos: solo a través del recuerdo y la memoria afectiva… los muertos seguirán vivos para siempre.

Deja un comentario

Tu dirección de correo electrónico no será publicada. Los campos obligatorios están marcados con *